Construir antifascismo, también desde abajo

Algunas de las experiencias sobrevenidas a lo largo de los últimos meses emplazan, de nuevo, la cuestión antifascista como uno de los ejes principales sobre los que articular la intervención de las organizaciones de izquierda, junto a los movimientos sociales. Si bien es cierto que la actividad del sector ultraderechista no ha cesado en ningún momento -a pesar de atravesar largos periodos de reflujo-, podemos asegurar que nos encontramos ante un fortalecimiento y recrudecimiento de tales prácticas. Evaluando una breve retrospectiva de los hitos mediáticos protagonizados por la extrema derecha europea, podemos tantear la existencia de un amplio sustrato, esencialmente heterogéneo, en el seno de la ultraderecha contemporánea. Desde la patologización de Breivik en el atentado en Oslo del pasado 22 de julio de 2011 hasta el asesinato del joven sindicalista Clément Méric hace tan solo unas semanas en París, los capítulos de odio y exclusión se precipitan cada vez con más frecuencia sobre la arena política. La experiencia griega, con el partido neonazi Amanecer Dorado al frente, merece ser objeto de un profundo análisis por parte de la izquierda europea. La reinvención electoral de fórmulas xenófobas forma parte de la estrategia encabezada por el Frente Nacional en Francia, con Marine Le Pen como referente. Mientras tanto, en el Estado español, seríamos capaces de citar un cúmulo de acontecimientos que nos alejan de la ingenua concepción que cataloga tales ataques como aislados: La extensión -en cuestión de meses- de la organización pseudosindical Respuesta Estudiantil, la recurrente aparición de grupos radicales en las protestas contra la privatización de la sanidad y la educación, los actos de solidaridad con el asesino de Clément en Sevilla, las impunes intimidaciones y amenazas rutinarias en el País Valencià, etc.

Asumiendo la extensa cosmología que conforma el estudio de la derecha radical, es indiscutible la existencia de algunos elementos que actúan como denominador común. Uno de ellos nos aboca al tratamiento mediático del fenómeno fascista en su manifestación a través de cada uno de estos episodios. En la mayoría de las ocasiones, los incidentes encabezados por la extrema derecha son presentados por la prensa como prácticas aisladas cuyo análisis no va más allá de reyertas callejeras o de grupúsculos minoritarios -incluso individuales- carentes de afiliación política real, o sin conexión alguna entre cada uno de ellos. No obstante, el primero de los pasos que debemos adoptar a la hora de combatir el fenómeno fascista es el de tomar en serio sus peligros para combatirlo adecuadamente, atravesando la vitrina superficial y compartimentada que se nos presenta de manera cotidiana. Si peligroso es el retorno de un actor -al que nada echábamos de menos- como representa la extrema derecha en el panorama sociopolítico actual, todavía puede serlo más el hecho de no saber la forma de abordar el análisis en torno a su naturaleza, discurso y funcionamiento.

Por desgracia, se ha instalado una suerte de simplismo político alrededor de la concepción del fascismo, utilizándolo a menudo como arma arrojadiza frente a cualquier comportamiento de intolerancia o política de obstinación por parte de la derecha. Con la centralidad que merece la tarea de llevar a cabo un estudio permanente en torno al mapa sociopolítico en el que nos movemos, habríamos de evitar la tentativa de naturalizar el concepto de ‘fascista’. Es fundamental no caer en la banalización de que toda opción reaccionaria es fascismo, una consideración ingenua y reduccionista que nos aleja de comprender y diagnosticar los retos del presente.

“La historia del fascismo es también la historia del análisis teórico del mismo. […] Pero la teoría por sí misma no puede hacer historia; para obtener resultados necesita a las masas. Las burocracias que dirigían las organizaciones de masas de la clase obrera las mantuvieron alejadas de la teoría adecuada del fascismo, de la estrategia y la táctica eficaces para combatirlo.”

En efecto, el acertado apunte que nos proporciona Walter Benjamin en su breve pero imprescindible aportación al estudio del fascismo, resulta de vital importancia para incorporar los elementos centrales de este fenómeno a la militancia cotidiana. La imperativa de fortalecer los dos pilares básicos del antifascismo, tanto la vertiente práctica como la teórica, pasan también por su conjugación y actualización continuada. Esta retroalimentación supone una tarea complicada en la brusquedad con la que se producen los acontecimientos de tal naturaleza. La fórmula, enunciada por Bensaïd, que aboga por mantener una lenta impaciencia, reafirma su validez también a la hora de articular una red para la resistencia antifascista; no existen atajos en la política. Lo cierto, sin embargo, es que nos encontramos ante un contexto de crisis sistémica que proporciona un catalizador a la ramificación y vertebración de la derecha radical. Ésta ha empezado ya una carrera frenética para imponerse a la izquierda y al movimiento obrero.

A pesar de la superficial inserción discursiva que hacen algunos grupos de la ultraderecha con el dispositivo antisistema, el fascismo se desarrolla en connivencia con el capitalismo, surgiendo como expresión de una grave crisis social del mismo sistema y superando la elasticidad de la pseudodemocracia parlamentaria con la que también se permite, en la mayoría de ocasiones, la dominación por parte de la burguesía. El objetivo del fascismo es proceder al enérgico desarme de la clase trabajadora, hasta su erradicación fulminante.

Bajo estas premisas, pero situados en diferentes estadios, las múltiples caras adoptadas a lo largo de los últimos tiempos por parte de la ultraderecha en el Estado español, nos advierte de la enredada radiografía contra la que nos enfrentamos. Por un lado, advertimos a los nostálgicos, de genética franquista, que recogen todavía ciertas líneas discursivas del nacional-catolicismo; en continuidad a la disolución de Fuerza Nueva en 1982. En esta superficie encuadramos a una parte del pensamiento que delimita la propaganda de Intereconomía, el sindicato de extrema derecha Manos Limpias, o el partido Alternativa Española, que mantiene como presidente honorífico a Blas Piñar. Después de numerosos fracasos en búsqueda de una marca electoral propia de tales líneas programáticas, UPyD apunta como fuerte candidato en su carrera y viraje hacia la derecha más españolista y demagoga. Avanzando en este breve análisis, podemos definir  un área que pretende reinventar el pensamiento de la derecha radical a través del populismo identitario. Éste, sin embargo, rompe con la tradición nacional-catolicista, y refunda su discurso enlazándolo con problemáticas actuales que amplían su contenido. Este movimiento arengador y atrapalotodo converge con la figura de Josep Anglada en Plataforma per Catalunya, José Luis Roberto en España 2000 –heredero directo de Plataforma 2000 y enésimo intento de Le Pen para el reagrupamiento de la ultraderecha española-  o Democracia  Nacional, en retroceso desde el asesinato de Carlos Palomino en 2007. Este segundo grupo entronca con la experiencia del Frente Nacional francés, con elementos de reinvención en las formas, xenofobia como discurso y permeabilidad socio-electoral en ocasiones puntuales, para nada desdeñables. En tercer lugar, una corriente radical autoproclamada como nacional-revolucionaria se desarrolla como impulsor del trabajo en la calle, con iniciativas ultraderechistas clásicas que amplían su influencia social percutiendo en la desgastada población con transversalidad y ambivalencia. Es el famoso: “No somos ni de izquierdas, ni de derechas”. En el Estado español, el principal grupo en este espectro es el Movimiento Social Republicano (MSR), protagonista en diversos episodios de confrontación a lo largo de las últimas semanas.

Como ya se ha enunciado, la complementariedad entre el estudio y la praxis antifascista representa el único instrumento válido a la hora de construir esta resistencia, también desde abajo. Pero no es fácil adaptar tales análisis a la realidad militante, y no siempre se ha llevado a cabo con el mejor acierto. En este sentido, el tiempo de las tribus urbanas carece ya de validez; su contribución a la derrota de la extrema derecha ha pasado de puntual y efímera a contraproducente. El manifiesto antifascista europeo lanzado a comienzos del presente año apunta en la dirección acertada:

“El movimiento antifascista europeo debe ser el heredero de las grandes tradiciones antifascistas de este continente. Debe plantear las bases de un movimiento social dotado de estructuras, con una actividad cotidiana, que penetre toda la sociedad, que organice a los ciudadanos antifascistas en redes según sus trabajos y profesiones, su lugar de residencia y sus sensibilidades, que lleve a cabo un combate en todos los frentes de las actividades humanas y que asuma plenamente la tarea de la protección incluso física de los más vulnerables de nuestros conciudadanos”

Ante los exclusivos comedores para griegos de Amanecer Dorado, la respuesta antifascista pasa por la puesta en marcha de “comedores populares para todos en los barrios”, tal y como señalaba Miguel Urbán en una entrevista para Público. Construir antifascismo pasa por acumular voluntades y llevar a cabo iniciativas desde la izquierda en aras de ocupar los recovecos populistas de la derecha radical. En la verdadera acción antifascista nos dirigimos a las masas, para que la historia no vuelva a repetirse. En la confluencia de fuerzas necesaria para llevar a cabo este movimiento, sólo caben vectores diametralmente opuestos a la extrema derecha: solidaridad, tolerancia, fraternidad, democracia, pluralidad e internacionalismo.

 

 

@DavidGMarcos

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