El fin del mundo. Del viejo mundo.

¿Hasta aquí hemos llegado? Pues puede que al final los mayas tuvieran razón y todo. Puede que nos encontremos ante el fin del mundo, tal y como lo conocemos. Puede que éste se anime a colgar el cartel de ‘Cerrado por derribo’. Y no me extraña, porque hace ya tiempo que nuestra historia huele a cuco, y es que hasta la clorofila de los árboles se ha decantado por el blanco y negro. El viejo planeta azul está pasando a convertirse, poco a poco, en un viejo verde de cigarro y carajillo. Hemos pasado, de tener más ídolos que realidades, a un único y todopoderoso icono para la felicidad, el dinero. No podemos negarlo, a estas alturas el mundo está como oxidado, que diría Mariló Montero.

Nos encontramos ante un escenario esperpéntico, en el que las contradicciones del sistema crecen más deprisa que las excusas del mismo para procurar enmendarlas. El abanico de posibilidades queda más abierto que nunca, pero nos ha pillado en horas bajas. Muy bajas. Las personas a las que nos toca dibujar el nuevo mundo estamos, todavía, a contrapié. Por eso, o movemos ficha lo antes posible o el garrote del abuelo gruñón capitalista, el fascismo, se aprovechará de la difícil coyuntura para volver a presentarnos a una vieja y terrible conocida, la bota militar. El combate ha comenzado y, para estar en condiciones de ganarlo, resulta imperativo huir lo más lejos posible de la frustración y de las derrotas que llevamos a la espalda. Cambiar el mundo nos exige la búsqueda de la faceta más humana de la revolución, el optimismo. O nos empeñamos a enamorarnos profunda y testarudamente de la vida o jamás conseguiremos el divorcio con el orden establecido.

Al margen de cualquier tipo de profecía, lo cierto es que los finales no terminan de acabar. La historia es terca. Los cadáveres reviven. Los fantasmas se desperezan. La historia no ha terminado y la eternidad no es de este mundo. El viejo topo continúa cavando. El fantasma continúa sonriendo y quien ríe último, ríe mejor. Hoy toca desear lo (in)imaginable, combatir lo agonizante, agarrarnos fuertemente a esas pequeñas victorias que conectan helicoidalmente con las aspiraciones más globales. Hemos de creer seriamente que nos encontramos ante la inminente aparición de los créditos y tomas falsas del mundo actual y que, al bajar, el telón ha de llevarse por delante la cabeza de los que todavía niegan su final. Este sainete de fulleros, que ha resultado ser el capitalismo, ha durado mucho más de lo que debió durar nunca.

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